Diciembre 2018




Columnas   05-12-2018 16:47  Natalia Ibañez 




El pasado puente de los dos primeros días de noviembre tuve la oportunidad de regresar a las tierras que me vieron crecer. Viví 13 años en la capital del Estado de Guerrero, Chilpancingo. Fue hasta el día que me salí de ahí cuando verdaderamente me di cuenta y valoré la enorme cultura gastronómica que existe en todo el estado. Muy pocas personas conocen qué hay detrás de todas las fondas y pozolerías de Guerrero.

Mi llegada fue en jueves. A pesar de querer hacer honor al dicho “en Guerrero es jueves pozolero”, llegué muy tarde a la pozolería Vero. Era evidente que es casi ley comer ahí cada jueves, estaba completamente lleno y tuve que pedir pozole para llevar. Lo que ya no conseguí fueron sus famosas patitas de cerdo, que según mi familia son las mejores. Están preparadas muy diferente a cualquiera que hayan probado, y con el mezcal artesanal del lugar, son verdaderamente una delicia.

Es verdad que los de cajón son el clásico pozole blanco y el verde, hecho con pepita de calabaza. Sin embargo, existen otros dos que considero que se merecen el mismo reconocimiento. Los pozoles de camagua y elopozole son también parte de la familia Guerrerense. El de camagua está preparado con frijol; y el elopozole, con granos de elote, simulando un pozole de esquite. Si tienen la oportunidad de probarlos, no se la pueden perder.
Para acompañarlo, no me faltaron mis tacos dorados en salsa verde. No son en absoluto como las flautas que todos conocemos. Son unos tacos dorados, ahogados en salsa verde rebajada con caldo, rebosados de lechuga, y espolvoreados con queso. Esta parte de la gastronomía es súper replicable de manera casera, les recomiendo intentarla algún día.

Mi comida del día siguiente era en realidad lo que me tenía más emocionada. Después de más de 12 años regresaría a comer en Beto Godoy, en Barra Vieja. Fue aquí donde pasé incontables tardes con mis primos, haciéndonos tatuajes temporales y tomando la lanchita para conocer una y otra vez los manglares. Fue este lugar el que me demostró que sí existía un platillo que me podría hacer comer pescado todos los días. Ese pescado a la talla en verdad es algo que nunca olvidé.

Para empezar, estaba claro que pediríamos nuestra orden de picaditas con queso a las que las bañas en frijol. Me gusta mucho tomar agua de coco, pero toda mi vida fui de Yoli bien fría. Incluso para botanear, esas tortillas hechas a mano, calientitas y con nada más que sal, son también inolvidables.

Después de haber escogido y pesado tu pescado, llega recién salido del carbón. Incluso a la distancia puedes percibir el aroma de todas las especias involucradas. Ni palabras hay para expresar ese sabor. Las espinas pasan a un segundo plano, y quieres hasta devorarte la charola. Sin duda alguna, mi manera favorita de comer pescado.

Debo aceptar que sí, los plátanos fritos de Veracruz son mejores. Sin embargo, nada me impidió pedir mi orden con leche condensada para terminar. Creo que no hay nada como esas comidas que te transportan a cierto momento de tu vida. El sentido del gusto también nos puede hacer recordar muy buenos momentos y sacarnos una buena sonrisa. Les prometo que no hay experiencia que se compare a probar algo, cerrar los ojos y sentir que no ha pasado el tiempo. 
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