Migrantes, migrados y los vencidos
Ana Luisa Oropeza

12-07-2019  13:44

¿A dónde va la niña de los zapatos rojos? Se ven tan cálidos, tienen matices de carmín y se asemejan a un par de cartones estrujados.

Ella los porta con orgullo, caminando lentamente por senderos inciertos. Cada paso que da le recuerda un sueño, le arranca una lágrima y fatigosamente, de vez en cuando se esfuerza por sonreírle al viento.

Busca un pedazo de pan, saciar la sed con las lágrimas que brotan de los ojos de su madre. No sabe hacia dónde va, la promesa es la esperanza y la realidad le escupe de frente que ya no hay marcha atrás.

Camina lento, observa el cielo. Azul, cálido, espumoso y se queda dormida en medio de la nada, despierta para verlo salpicado de tenues luces que confunde con las que iluminan la ciudad que espera la cobije y le muestre que el esfuerzo por llegar ha valido la pena.

¿Llegaremos a dónde? Pregunta la niña sofocada, harapienta, agobiada por el entorno que le pesa. Busca la respuesta en los ojos vidriosos de su padre. El no atina qué contestar pues tampoco lo sabe. La certeza pende de hilos, migrar merece coraje cuando las panzas vacías rechinan de hambre.

Gritos, confusión ¿para dónde está el norte? es la tierra prometida, se mira hacia arriba entre empujones, se aprietan las manos, se solidarizan las emociones rasgadas de disparos, chillidos, plegarias y los pulmones llenos de polvo.

Por ahí alguien corre, en su prisa, apenas mira los ojos desorbitados de la niña a quien acaban de machucarle los pies. ¡No pasan! barreras humanas reforzadas con ideas retorcidas intentan detener lo inevitable. Se entrará en territorios que se consideran propios o ajenos. Migran, escapan, se movilizan, están desorganizados bajo la guía de no saben quién.

Solo hay una promesa, la que ha hinchado el corazón del padre para arrastrar a su familia, para velar la agonía del bebé deshidratado, seco de ambiciones, de lo que ni siquiera ha soñado.

Han llegado a la tierra prometida, ponen fin a los peldaños. La sorpresa explota cuando las millas les muestran la gama de colores del fenómeno migratorio. Se atrevieron, arriesgaron, lloraron, murieron. Una tortilla o una tortillería, todos corren tras un sueño.

La niña es suspendida en vilo. Un par de ojos penetrantes le clavan las culpas de sus semejantes. Se sacude violenta, intentan despojarla de lo que creen que no es suyo, arrancarle la ropa, la dignidad, los zapatos.

La lucha es infructuosa. Se han dado cuenta que no son zapatos rojos, son los pies descalzos que lloran por cubrirse de canto.
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