DAFNA
Ángel Paz

05-08-2019  19:16

Al mediodía del viernes 13 de Diciembre del año 2013, el cielo se tornó gris, frío y sombrío.

El ruido de la ciudad distrajo mi pensamiento y bajo el deprimente firmamento caminaba hacia ninguna parte...

Eran las 12:05.

Cuando miré el reloj mi sentido común volvió y (sin darme cuenta) me encontré frente a una plaza ubicada a un par de metros de donde yo caminaba.

Fue así que, sin pensarlo mucho, comencé a recorrer el sitio y algo en mi interior me obligó a observar de forma inusitada y minuciosa hacia los rostros de las personas. Tuve la sensación de que podría encontrarme con alguien… el presentimiento permaneció.

Curiosamente ese día, todos los rostros que pude observar tenían una característica en común: Comunicaban una profunda tristeza... Me sentí incómodo. El ambiente pesado (hostil) agitó mi paso; me acomodé los lentes de armazón negro y grueso (pesados) y cansado por el deprimente contexto, traté de escapar de esa realidad...

Consulté de nueva cuenta mi reloj: Eran las 12:13.

El ambiente empeoró cuando la plaza entró en inusual silencio y fue entonces que empecé a percibir lento... Un frío se atravesó y estremeció mis sentidos…

A la distancia, entre el tumulto de los rostros tristes, sobresalía uno en especial. Uno que le pertenecía a una hermosa chica quien, solitaria (al igual que yo) recorría el lugar. Las delicadas facciones de su cara, su espigado cuerpo y delgada figura, su cabello largo e intensamente negro y sus ojos grandes y verdes, hacían resaltar la tez de su piel blanca, transparente; casi pálida.

Abundantes pecas y lunares terminaban por decorar, como lucecitas, su perfecto rostro. La chica de mirada triste, brillaba como un sol en pleno amanecer.

Con una gabardina color verde que ocultaba parte de su vestido negro, una boina y botas de esa misma tonalidad, resaltaban el peculiar estilo de la chica. Calculé que, probablemente, tenía unos 19 años de edad... lamenté que fuera un poco mayor que yo.

Muy atento a ella por su incomparable belleza, pude notar que se encontraba muy ocupada hablando (más bien discutiendo) por teléfono celular. Parecía, además, nerviosa y muy ansiosa. De hecho, sus hermosos ojos verdes delataban un notorio hinchazón... Como si hubiera llorado por varias horas. Su respingada nariz se encontraba roja... resultado, sin duda, del pañuelo que ocupaba una y otra vez para deshacerse de su llanto.

Así, su expresión era como la de todos los demás pero definitivamente más extrema: Una profunda tristeza invadía su alma.

Su sentimiento, poderoso, deslumbraba como la potente luz de un faro... La gran tristeza que emanaba de su persona, iba en desacorde con su hermosura. Algo en ella me pareció muy familiar.

Hipnotizado, no me di cuenta de que ella ya me miraba... Sus enormes ojos se infiltraron de forma violenta en los míos y tuve una sensación muy extraña. Me inquieté. Pero le sostuve la mirada. Detuvimos el paso y nos encontramos de frente.

Ella permaneció mirándome y aún hablando por teléfono, me sonrió...

Su actitud cambió de golpe y ahora parecía muy emocionada... como si hubiera reconocido en mí a un viejo amigo.

Impactado por su sonrisa (luminosa) me sentí nervioso y torpe. No supe cómo corresponder. Frente a frente y mientras ella continuaba hablando por teléfono, exclamó (para mi sorpresa) un "¡Sí!" a todo pulmón al mismo tiempo que con la cabeza hacía un movimiento afirmativo hacia la llamada… Me había encontrado.

Traté de disimular mi estado de intranquilidad pero siempre fui un chico tímido, aprensivo e inseguro y sobre todo con las chicas. Sabía que tener 16 años de edad no eran muchos pero nunca había estado tan cerca de una mujer ni mucho menos con alguien tan hermosa como con la que me había encontrado.

Ruborizado, me di la media vuelta y me alejé. Apresuré mi paso pero ella me siguió. Sin decir nada, sólo escuché sus pasos detrás de mí, así que me dirigí hacia el área verde del lugar... Me di cuenta que la plaza comenzaba (de forma inusual) a vaciarse.

Presuroso, ella me seguió el paso; pude escuchar que afirmaba de nuevo (y esta vez en voz muy alta) a la llamada: -¡Sí! ¡Estoy segura! Es él. ¡Aquí está!

Supuse muchas cosas. Quizás un intento de secuestro era lo que estaba por ocurrirme. Pero no me atreví a enfrentarla ni a cuestionarle.

Ni siquiera intenté mirarla; ni mucho menos acusarla. “Eres un insensato”, me dije. “¿Por qué querría ella secuestrarme?" “Es bella y parece amigable". "Quizás me conoce”, concluí.

Llegué al enorme jardín que rodeaba a la plaza. Una banca de madera que se encontraba empotrada en una pequeña colina de pasto, parecía segura y cómoda; debajo de un frondoso y enorme árbol, me senté... El tránsito de gente en esa zona era un poco más fluido aunque empezó también a vaciarse. "No me pasará nada", me consolé a mí mismo.

Nervioso e intrigado por la chica, me asomé sobre mi hombro izquierdo girando totalmente la cabeza y la mirada tratando de localizarla.

Después de unos segundos, cuando volví a mi posición, la chica de los ojos verdes y tristes ya se encontraba enfrente de mí.

Me llevé tremendo susto y me sobresalté. Ella no se inmutó. Me observó de manera fría y directa a los ojos; parecía muy seria. Sin poder decir ni una sola palabra, me paralicé. Literalmente, no podía mover ni un sólo músculo de mi cuerpo. Me extrañé. Después de unos instantes y de forma sorpresiva, se apoderó de mí un intenso (e inexplicable) dolor en mi pecho... Era tan profundo que me vencí hacia el suelo por la intensidad del sufrimiento. El dolor no cesó por lo que provocó que de forma incompresible comenzara a vomitar sangre de forma abundante… Me invadió el temor junto con una profunda tristeza... Se comenzó a tornar aún más gris el cielo.

La sola presencia de la desconocida, retumbó en cada fibra de mi ser. Mi reacción y mi malestar al encontrarme de forma abrupta con ella, provocó en mi algo que no podía entender. A pesar de su belleza, había algo con esa chica que no andaba bien. Tansmitía todo el dolor que ella tenía con tan sólo verla una vez.

Mientras vomitaba en el suelo y, sin decirme nada, pasaron los minutos... Maltrecho, pude notar un gesto de asco en su rostro mientras escupía la sangre y de forma muy serena, rompió el silencio:
-Aún no es hora.

Agitado y reincorporándome de a poco, le pregunté aterrado: -¿Quién eres?
-Eso no tiene importancia- respondió con inmediatez.
-No sé qué me ha pasado... Hay algo en ti que...
-No temas. Aún no es hora.- Me interrumpió imediatamente. Se hizo un prolongado silencio. El intenso ruido del viento era la única melodía que se escuchaba entre nosotros.

Sin saber qué hacer, después del episodio de dolor, pude levantarme por completo del suelo y, como si aquella chica tuviera todas las respuestas, le pregunté:
-¿Qué me ha pasado? ¿Por qué me has seguido? E-e-e res m-m-uy e-e-e-extraña.- Tartamudeé. Ella bajó la mirada y sacó del bolsillo de su gabardina un par de guantes pequeños (como sus manos) de estambre color gris. Se los puso de manera nerviosa.
-¿Te parezco extraña? - replicó.
-Emmm... Sí. Me pareces rara. ¿Quién eres?- le reclamé tratando de averiguar qué es lo quería. Se le dibujó una maliciosa sonrisa y me respondió:
-Mi nombre es Dafna.-dijo mientras extendía su mano para que le saludara; como si se tratara de una presentación formal… pero no le toqué.
-¿Dafna? ¿Sólo Dafna? -Asintió con la cabeza y metió las manos en sus bolsillos.
-¿Qué me ha pasado, Dafna? -le pregunté como si ella tuviera la respuesta. Y la tenía.
-No sé sí decirte... Es que en realidad, me ocupo en matar personas -permaneció unos segundos callada y luego soltó una risotada... No me pareció gracioso.

Me dio un golpecito en el hombro para que entendiera que se trataba de una broma y luego, agregó: -Tranquilo... Tengo una tarea. Cómo una misión. Me han llamado. Pero no voy a hacerte daño. De hecho, eso recién lo has sufrido. Ten. ¡Límpiate!- me dio un pañuelo perfumado (inferí que siempre traía alguno para limpiar sus lágrimas frecuentes) para que me quitara el resto de sangre seca que aún tenía en los labios y en las manos.

Aún adolorido del pecho y sin entender nada de lo que me decía, le pregunté:
-¿Estuviste llorando? Se notan tus ojos hinchados. Además hace un momento parecías muy triste. Hoy he notado a varias personas en ese estado. ¿Alguien te ha hecho enojar? ¿Algún chico? ¿Con el que hablabas por teléfono?

Ella se sorprendió. Pero tratando de ocultar su sorpresa, con un tono irónico se repuso:
-Así que me andas espiando. ¿Estás seguro de que yo soy quien te persigue?

Timbró mi teléfono celular interrumpiendo mi conversación con Dafna. Quería saber más de ella. Me aparté de su lado y atendí la llamada; mientras lo hacía, noté que aquella chica comenzó a tocar con delicadeza las ramas podridas del árbol de la banca donde nos encontrábamos… Era curiosa y parecía muy entretenida.

II
En la llamada, al otro lado de la línea, se encontraba Emmanuel Fernández De Lara: un chico alto y fornido, quien usaba a menudo gafas oscuras como parte de su "outfit". Él, originario del municipio de Cuernavaca, fue durante toda mi infancia, el mejor amigo que tuve. En realidad, fue el único. Curiosamente ese día, "Emma" (como cariñosamente le conocían) estaba de visita en la ciudad de Puebla y mientras hablaba con él, aproveché para citarlo justo en ese momento para poder verlo de nuevo. Además “podría deshacerme de Dafna”, pensé. Así que colgué. Volví la mirada hacia la chica y muy seria y antes de que yo dijera alguna palabra, en tono de réplica me dijo: -¡Debo acompañarte!

Mi reloj marcaba las 12:30 de la tarde y aunque las nubes parecían indicar una hora más avanzada (por lo gris del cielo) yo me empecé a sentir realmente incómodo. Fue raro ya que ese tipo de clima siempre había sido de mi agrado pero esa vez no fue así.

De hecho, siempre he disfrutado de las 4 estaciones del año pero sobre todo del verano y del invierno donde Puebla por las tardes, se convierte en un pequeño Londres: Con mucho frío, lluvias constantes y mucha nubosidad...

Esperé junto con Dafna a mi amigo Emmanuel. Entre Dafna y yo no surgió ninguna palabra durante la espera. Sobra decir que yo era por naturaleza de pocas palabras y a pesar de lo que me había sucedido de forma inexplicable unos instantes antes, estaba más preocupado por saber cómo me podría "escapar" de Dafna. Permanecimos en silencio hasta que llegó Emmanuel y éste sorprendido por la belleza de la chica, me saludó y luego me preguntó con ironía:
-¡Hey! ¿Ella es tu novia?
-No. (No supe qué responder exactamente) Ella es… mmm… una amiga.
-¡Ah! ¡Uy! ¡Qué guapa estás! Con todo respeto, caray.- Agregó con insolencia dirigiéndose a Dafna.
-Bueno, pues ahora, ¡Vámonos! He traído mi carro. ¡Vayamos a divertirnos! ¡Tenemos tanto por hacer!- Nos mostró con presunción las llaves de su auto y nos encaminamos hacia el estacionamiento con él.

Un automóvil deportivo color rojo, deslumbraba todo el lugar. Yo no sé mucho sobre coches pero definitivamente ese era uno caro.
- Oye, Emma; ¿Dónde lo conseguiste? ¿Es tuyo?–exclamé sorprendido.
-Es mío. Bueno, es de mi papá. Pero lo he tomado prestado. Vengo con él desde "Cuerna". Adelante. Súbanse. ¿Nos acompañas, amiga?

Dafna insistió en querer acompañarme y subió conmigo en la parte de atrás del auto. Su actitud comenzaba a parecerme sospechosa sobre todo porque no nos conocía y, sin dudarlo, entró al carro con nosotros. "¿Qué clase de chica se sube a un auto con desconocidos?” "¿Por qué ha querido acompañarme?" “¿Por qué no hago nada al respecto?” La respuesta a esta última pregunta la sabía muy bien: Dafna era muy hermosa y, en efecto, nunca había conocido a una chica como ella. Su atención abrupta y mi baja autoestima eran, en definitiva, una combinación perfecta. No sabía quién era ella ni por qué había vomitado sangre unos minutos pero eso ya no me importó. Lo único que quería era a ella. Y Dafna me agarró fuerte del brazo. Por el retrovisor, Emma se dio cuenta y entonces volteó a vernos y exclamó en voz alta y en tono de burla: -¡Qué bonita pareja hacen!- Y aceleró con emoción.

En el auto, Emmanuel puso música en su moderno estéreo. Y con canciones de electrónica y reggaetón, manejaba con alegría y mantenía con ánimo el viaje.

Después de un remix de canciones de reguetón viejo, la melodía cambió drásticamente y pude reconocer la canción “Lunatic” de la cantante irlandesa, Dolores O’Riordan. En desacorde con la melodía, Emmanuel empezó a acelerar a más de 70... hasta alcanzar los 80, revasar los 90 y mantenerse en 110 kilómetros por hora… y seguía en ascenso en pleno boulevard...

-Y tú; ¿Qué onda? ¿Cómo has estado? -Me gritó despreocupado.
-¡Realmente no lo sé! -exclamé desesperado.
-Si tú no sabes; ¿Entonces quién?-rezongó mientras continuaba manejando.

Dafna no me soltó ya que lucía realmente preocupada. ¡Y cómo no! La alta velocidad con la que manejaba Emma provocaba escalofríos. Dafna cerró los ojos y parecía estar muy concentrada en algo… Yo comencé a alarmarme cuando de pronto la escuché murmurar algo. No pude distinguir las palabras que decía… pero parecía estar hablando en otro idioma; de eso estaba seguro.

Emmanuel quien había subido a todo volumen la música, cantaba de manera eufórica una animada canción mientras manejaba a toda velocidad.

-¡Emma! ¡Bájale a la velocidad! ¡En serio! ¡Vamos muy rápido!- Después de una vuelta brusca, sentí que Dafna me soltó del brazo. Unos metros a Dafna le dio un ataque de risa. Parecía estar en trance.
-¡Sí que disfrutamos del viaje, eh!- gritó Emmanuel con peculiar tono quitándose las gafas mientras nos miraba por el retrovisor.

La alta velocidad con la que viajábamos, la música a todo volumen y la risa estruendosa de Dafna, me pusieron muy nervioso.

Me acerqué hacia Emmanuel y antes de que pudiera decirle alguna palabra, Dafna comenzó a gritar de forma desesperada cuando volteé a verla, ella se encontraba recostada sobre el asiento y comenzó a sacar abundante sangre por su boca... como me había ocurrido a mí más temprano. Cuando quise auxiliarla, Emma se horrorizó del impactante suceso así que se distrajo del volante y fue así que de manera repentina le grité y sentí el brutal “enfreno” del coche...

Y comencé a percibir lento: Mientras me estrellaba en el cristal de la parte delantera del auto, alcancé a ver que Dafna se estrellaba con el asiento del copiloto y quedó noqueada. Por su parte, Emma se encontraba inerte con la bolsa de aire bajo su rostro con heridas en la cabeza y en los brazos. El motor exhalaba gases y mucho humo... Atrapado entre el cristal frontal del coche... No me podía mover. Como si algo se me hubiera incrustado en el pecho, comencé a sentir un terrible dolor.

Unos momentos después, recobrando el ritmo de las acciones, asustado traté de reincorporarme.

De forma muy cuidadosa y poco a poco me zafé del cristal donde me encontraba atorado. Me di cuenta que, en realidad, el dolor había pasado y aunque el cristal se había atorado en mi pecho y abdomen, noté que no sangraba. En realidad, no me había pasado nada. Revisé con sorpresa (y miedo) una y otra vez todo mi cuerpo para notar si tenía alguna herida imposible de curar.. pero no. No encontré ni sentí nada. No tenía ni un rasguño. Caí de rodillas, llorando y sin poder creerlo. Recobré la conciencia. Tenía que revisar a Dafna y a Emma.

A pesar del carro estrellado, Emma despertó y parecía estar bien. Se encontraba maltrecho. Mientras lo auxiliaba pude notar por el vidrio lateral, al otro carro con el que habíamos sufrido el percance. Un bettle color amarillo estaba enfrente de nosotros. Desecho. Pude notar a un chico gordo y rubio de piloto que estaba en total "shock" por lo sucedido. Aparentemente se encontraba bien.

No había dudas de que Emmanuel había sido el responsable de esta flagrante imprudencia. Había ocasionado un aparatoso accidente. Mi amigo se reincorporó y sin decir nada me abrió me abrió la puerta del carro, invitándome a salir. Parecía estar “ido”. Lucía “zombificado”. Me dirigí hacia Dafna pero cuando iba a auxiliarla, se reincorporó de golpe y gritó llorando y desesperada:

-¡Bájate, Santiago! ¡Bájate del auto, ahora mismo!- parecía haber perdido la razón y vaya que lo tenía justificado. Atónito al escuchar mi nombre de sus labios, no me quedó más que hacerle caso. Dafna quien también estaba maltrecha, salió del auto conmigo como pudo. Insistí en que debíamos esperar a la policía, a los para-médicos, a los seguros de los carros pero Dafna me arrastró. Sugirió que huyéramos. No teníamos (de manera increíble) daños graves así que me convenció de abandonar a Emmanuel.

Emma, quien seguía sin decir nada, de forma inaudita encendió (como pudo) el carro y se marchó lentamente. Me hallé con total asombro.

III
Dafna y yo nos dirigimos hacia el parque que se encontraba a un costado de dónde ocurrió el accidente. Dafna se apoyó de mi hombro y con pequeños "saltitos" (por su pierna lastimada) logramos recostarnos sobre el pasto; parecía estar más serena.

Con los ojos vidriosos de llanto, Dafna me miró y nos sentamos sobre la hierba. Dafna acercó sus manos hacia mi cara y me tocó. De forma desesperada, comenzó a revisarme prácticamente todo el cuerpo para observar si contaba con alguna herida.

-Dafna, tranquila. No sé cómo pero estoy bien. Ocupémonos de ti. Tú no lo estás. -le dije.
-Tú eres más importante. -rezongó.
Dafna, sin duda, era una chica sumamente extraña. Tenía aires maternales cuando se preocupaba por mí... pero también contaba con aires misteriosos por ser quien era y por hablar como me hablaba. Era bella... y agradable pero, ciertamente, misteriosa y rara. Su comportamiento la evidenciaba. Su actitud en ese momento me comunicó ternura y gracia y mientras la observaba, me pregunté, de nuevo: “¿Quién es esta chica?”

-Tú lo sabes. –Interrumpió respondiendo a mi pregunta mental.
Me sorprendí.
-Verás, yo entiendo por qué las personas le temen tanto a la oscuridad. Sin embargo, deberían enfrentarla... Todos lo tenemos que hacer alguna vez... Aunque eso signifique , incluso, hacer algún sacrificio. ¿No lo crees?
-¿Hacer un sacrificio? ¿Temerle a la oscuridad?- pregunté al hablarme de forma tan extravagante.
-¡Sí! A la muerte, ¡Tonto!
-Perdóname, es que no te entiendo nada. Acabamos de sufrir un accidente. Literalmente, me he estampado en el vidrio y, sin embargo, me encuentro bien. En cambio, tú y Emmanuel, no lo están. Y me empiezas a hablar de cosas que no sé cómo responder. ¿Te duele tu pierna? ¿La cabeza? ¿Te encuentras bien? ¿Quién eres?
-Tranquilo. Es normal que no entiendas. Nadie entiende la primera vez-. Hubo un silencio...
–Sólo deja de preguntarte tantas cosas… y ya no temas. Déjate llevar. No discutas. Tuvimos éxito.
Me quedé pensando por un largo momento. Y le pregunté:
-Dafna; ¿Cómo supiste mi nombre?
-Hay que ser muy humano para no darse cuenta cómo te llamas. Además siempre lo he sabido.- Empecé a molestarme y entonces le reclamé: -¿Por qué me has seguido, Dafna? ¿Qué clase de chica se comporta así con un total desconocido?
-¿En verdad quieres darte cuenta? - Me respondió con un tono envalentonado. y luego agregó: -¡Vaya! ¡Eres azul! Tu aureola es azul.
-Dafna… -agaché mi cabeza y, volviendo la vista hacia ella, continué: -¿Por qué hablas así? ¿Acaso estás demente? Quiero saber quién eres. Y que me respondas con claridad; ¿Por qué sabes sobre mí? -le cuestioné desesperado.
-Hablo sólo con la verdad, Santiago. Eres más joven que yo, y entiendo tu inquietud sobre hacerte muchas preguntas sobre todo lo que ha sucedido esta tarde pero si en verdad quieres saber entonces pronto entenderás.
-¿Entender qué?
-Tengo frío -me dijo. –Realmente tengo mucho, mucho frío… por favor; ¡Abrázame! - y le abracé. Después, agregó:
-Debes abrir tu mente, Santi. No hay razón ni contexto. ¿Crees en la suerte o en el azar? Ya cálmate. Sólo esperemos la lluvia.

Me agarró de las manos y las entrelazó con las suyas. Sentí que, a través de sus guantes de estambre, que sus manos eran realmente delicadas y pequeñas. Apartó de mí una ellas y se quitó el guante... dejó al descubierto una mano muy blanca y delgada, casi huesuda.

Tenía un tatuaje: era el grabado de su nombre. En ese instante un remolino de viento se hizo presente. El singular olor del avecino de la lluvia, me tranquilizó. Tras finas gotas que caían lento del cielo, Dafna sacó un pequeño frasco de su bolsillo derecho de su gabardina gris y pesada; estaba vacío así que comenzó a “recolectar” las gotas de la lluvia. Sonreía y jugueteaba. Sonreí, también. Y, entonces, me dijo:

-Bébelas.
-Yo, sin cuestionarle, bebí del frasco.
-Esto te ayudará. Verás las cosas de forma más clara. Aunque si quieres ver quizá no sea por las ventanas del alma sino del corazón.
-¿Qué me quieres decir?- Dafna me dio de nuevo su mano donde se encontraba tatuada la impresión de su nombre.
-¿Te gusta?- me preguntó con entusiasmo.
-Sí. Mucho. Tienes un lindo nombre. Jamás había conocido a alguien que se llamará así...
-Muchas gracias.- Hizo una pausa. -De acuerdo. Estás listo.- Me dijo. -Limpia tus lentes que están empañados y tienen agua. Cuando termines, observa de nuevo el tatuaje en mi mano.- Sin cuestionarle una vez más, atendí sus indicaciones.

Al enfocar de nuevo mi vista hacia la mano de Dafna, esta vez noté algo muy diferente que, en efecto, estremeció mis sentidos y me horrorizó por completo: Esta vez, la mano de Dafna lucía distinta... La percibí diminuta y no encontré el tatuaje. Conforme buscaba el grabado en su piel, su mano lucía (conforme pasaban los segundos) más vieja... para mi total asombro y temor, cuando me di cuenta de ello, la mano que tocaba estaba tan arrugada que parecía pertenecerle a una anciana... Sin comprender lo que pasaba, me paralicé. Mi rostro se descompuso por la inexplicable apariencia.

Cuando quise ver a la persona que estaba conmigo y descubrir sí se trataba de Dafna, sentí que tocaron mi rostro con una mano helada. En cuanto me tocó, me sentí mareado. El peso de la cabeza me venció. No podía alzar la vista... Con miedo y con fatiga caí desmayado. Perdí el conocimiento.

IV

-¿Santi? ¿Santiago? ¡Despierta!... ¡Despierta, ya! ¿Te encuentras bien?

Me sentí débil. Sin energía. Apenas pude abrir los ojos pero de forma inaudita no podía ver. Nada. Todo estaba oscuro. Entré en pánico y sentí mucha desesperación y angustia. Era definitivo: Había perdido el sentido de la vista.

-¡No puedo ver! ¡Hey! ¡No veo nada! ¡Auxilio! ¿DAFNA? ¿Eres tú? ¿Qué me pasa? ¿Qué me ha pasado? ¡Dafna! ¡No puedo ver! ¡En verdad no puedo ver! ¡Ayúdame! ¡Me he quedado ciego!
-Lo siento, pero tengo que irme, Santiago. –Escuché una voz que ya no parecía ser la de Dafna sino la de una anciana y, sin embargo, estaba seguro de que se trataba de ella.

-Trata de tranquilizarte. Realmente debo irme. Debo atender un asunto. Ammm... Se trata de alguien más. Es otro tipo de trabajo; debo ir por Sergio… es un conocido -dijo la voz.
-¿Quién es Sergio? ¿Qué me has hecho? Te maldigo, DAFNA. ¡Maldita seas por lo que me has hecho! No puedo ver…- y empecé a llorar.

-Hay cosas que no se pueden explicar, Santiago. En la vida existen encuentros inesperados, momentos que se convierten especiales y situaciones que construyen buenos o malos recuerdos. Lo vivido aquí nunca lo olvidarás y pronto tendrás una respuesta más completa... Supongo que lo resolverás ya que, aunque no lo creas, eres especial para mí.
- Dafna…
-Santi, debo irme. En cuanto puedas márchate y ve a casa. No tienes mucho tiempo. Y tranqulízate... Habrás recuperado la vista cuando me marche.
-¿Qué? ¿Recuperaré la vista? ¿Qué eres? ¡Dímelo, maldición!- Estaba desesperado.

No la escuché más. Mi mundo se desmoronó. Con total desesperación, caí sobre el suelo y vencido me quedé allí... inmóvil. Triste. Herido. Sin respuestas. Pasaron las horas y recuperé la vista. Ya era de noche… Pasó la tormenta y ella se había ido.

V

Contrariado por aquel extraño encuentro y agotado caminé (como pude) de regreso a casa. Con el estómago revuelto caí y escupí, de nueva cuenta, sangre. Sin embargo, después de eso me sentí mucho mejor.

Perturbado, por todo lo vivido es fatídico día, llamé a la puerta de mi hogar y me recibió mamá.

-¡Santiago! ¿Dónde estabas? -me abrazó como sólo una madre sabe hacerlo. -¡Estaba tan preocupada por ti! ¡Te amo, hijo!

Supuse que mamá se había enterado que había sufrido un accidente o tal vez de mi sufrimiento por mi ceguera temporal.

-¿Por qué no has respondido a mis llamadas?
Nervioso, revisé.
-Lo siento, pero no tengo ninguna llamada tuya, mamá.- Y Le mostré el celular que se encontraba sin registro alguno.
-¿Sabes qué hora es? -observé mi reloj y éste marcaba las 8 de la noche.
-Son las 11 de la noche, Santiago.
- Lo siento. Recién he visto a Dafna y en el camino vi oscurecer pero no se me ocurrió…
-¿Quién es Dafna? –preguntó mi madre con gesto de asombro.

De pronto la televisión, que se encontraba encendida, interrumpió con una noticia que estremeció de nuevo mis sentidos y me tumbó por completo:

“(…) El día de hoy ocurrió un catastrófico accidente automovilístico que provocó la muerte de dos personas a las cuales se les ha identificado con los nombres de Emmanuel Fernández De Lara y de Sergio Ramírez Gordoña, debido a un descomunal choque que se registró esta tarde en la ciudad de Puebla cerca de la una de la tarde donde elementos de la policía y paramédicos asistieron al lugar de los hechos y en donde…”

Quedé petrificado. La noticia retumbó en mis oídos y decenas de imágenes llegaron de forma instantánea a mi mente…

Trepidantes flashbacks que, de inmediato, fueron cobrando un escalofriante sentido donde cada imagen armó un complejo rompecabezas en mi cabeza y que pude completar y, por fin, comprender:

Esa tarde del 13 de Diciembre de 2013, sufrí, en efecto, un terrible accidente el cual desencadenó repercusiones abrumadoras y consecuencias aterradoras que jamás imaginé.

"Esto no puede estar pasando" "¿Qué ha sucedido?" "¿Cómo pasó esto?" "¿Por qué no me pasó nada?" "No puedo comprender" "¿Dónde está Dafna?"- Pensé en ese momento mientras entraba en shock tras la lamentable muerte de mi mejor amigo, Emma, aquella tarde.

De pronto, llegó a mi pensamiento el nombre de Sergio. El nombre del otro sujeto que había muerto en el accidente. Tratando de razonar lo más rápido que pude, me llegó la escalofriante respuesta: Sergio era el nombre de quién Dafna tenía que "ocuparse" después de dejarme en el parque cuando perdí la vista. Eso me lo dijo. Lo recordaba perfectamente.

"Sin duda, Sergio, era el chico con el que habíamos sufrido el accidente y a quien observé por el espejo mientras me zafaba del vidrio y atendía a Emmanuel".

“(…) Este accidente se dio entre un auto camaro color rojo del año y un bettle color amarillo donde se registró la pérdida total de ambos vehículos..."

Mientras escuchaba la noticia, me acordé del color del auto con el que chocamos esa tarde: Un bettle amarillo.

Un dolor en el pecho me dobló el cuerpo nuevamente y tras el impacto de la noticia y después de atar algunos cabos sueltos vomité, una vez más, sangre. Conforme daban la información, todo seguía acoplándose.

En total histeria, me puse a llorar.

Mamá quien estaba preocupada y llorando al ver mi comportamiento tan extraño, fue por un trapo para limpiarme la sangre y las lágrimas de la cara. De repente, mi teléfono celular, timbró una y otra vez. Mi cabeza era una licuadora de pensamientos. El teléfono no dejaba de sonar y cobré de a poco el sentido y la noción del tiempo. Trate de entender todo lo que me había sucedido ese día y todo lo que me había dicho Dafna. El teléfono seguía sonando.

Tembloroso, tomé mi celular. A pesar de los múltiples timbridos me di cuenta de que había recibido sólo un mensaje de texto. De forma muy extraña, comencé a tranquilizarme. Sabía que lo que estaba a punto de leer cambiaría el sentido de mi vida para siempre.

El mensaje, sin número remitente y con mayúsculas, decía lo que se lee continuación:

“SANTIAGO:

AHORA QUE ESTÁS EN CASA, TE ENCONTRARÁS BIEN.
NO TEMAS. DESPUÉS DE VOMITAR TE SENTIRÁS MUCHO MEJOR. NO TODOS SON AFORTUNADOS.
Y PARA TI, TODAVÍA NO ERA HORA. SIEMPRE HAS SABIDO QUIÉN SOY.
A TU DERECHA SIEMPRE:

DAFNA”.
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Ya es nuestra responsabilidad dice AMLO
Nacional  12:02hrs   
Staff

Afirmó que no quiere responsabilizar a administraciones pasadas y que es responsabilidad del actual gobierno enfrentar los problemas del país.



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