Somos exitosos mientras logramos no morir
Ángel Paz

26-06-2019  01:21

Qué no haríamos para empoderar esa fe que aún mantiene la esperanza de la vida y motoriza la búsqueda incansable y constante de la felicidad en la que nuestra caótica rutina se desenvuelve a través de este mundo en el que los seres humanos hemos vivido desde nuestro origen y en el que hemos encontrado más que un refugio, un cálido e increíble hogar.

Si hiciéramos un esfuerzo por recordar quién fue el primero de nosotros que faltó a la fe, a la vida, a la tierra, a la naturaleza, a nuestra especie, al respeto, a los sueños, al progreso, a la hermandad y a la convivencia, de seguro tendríamos que recurrir a los archivos de la memoria histórica documentada y echarle la culpa a algún personaje de la historia a partir de nuestra evolución; quizá a una deidad bíblica o a algún político trascendental; tal vez a una importante figura empresarial o quizá a algún loco dogmático extremista que haya fallado a la causa humana de (según Platón) “encontrarse consigo mismo” y, entonces, la conclusión sería tan dispar, diversa y polémica que nos crearía más conflicto lo cual significaría (además) una total pérdida de tiempo.

¿Cuál es el propósito de nuestra especie? Sería tan fácil, estimada lectora y lector, tirarnos por las ventanas confiando a ciegas que algo o alguien se encontrará del otro lado para atraparnos y salvarnos para así poder dar crédito a nuestras creencias y dogmas que hasta nuestros días, rigen nuestro comportamiento.

A raíz de tantas preguntas que el ser humano se ha hecho a través de su historia como “¿Qué hay después de la muerte?” “¿Cuál es el propósito del ser humano?” “¿Existe un dios?” “¿Hay vida en otros planetas?” “¿Es posible viajar en el tiempo?” o “¿Cuál es el sentido de la vida?”, la mejor respuesta que puede encontrar nuestra especie ante bestiales cuestionamientos sería una muy sencilla: vivir la vida de manera más simple, feliz y dinámica y no vivir una vida tan reflexivamente castigadora.

Quizá, disfrutar de las pequeñas cosas, valorar a las personas que se mantienen a nuestro lado, atesorar los paisajes y a la naturaleza que nos brinda nuestro mundo así como dedicarnos más a reír y a cantar nos haga menos codiciosos y serios; nos haga mejores y más poderosos; si tan sólo entendiéramos que la única conquista que vale la pena es la del equilibrio con nosotros mismos.

Cuando nos ocupemos más en resolver las preguntas que tienen respuestas (en su mayoría sencillas) en lugar de atender a las que nunca sabremos responder o entender, el ser humano debe estar destinado a disfrutar y cuidar de su planeta y, por lo tanto, a ser feliz; a responsabilizarse por ser un buen ciudadano, a vivir sus derechos y a cumplir con sus roles sociales sin atentar contra los demás para así hacer más sencilla la tarea de la obligación y la rutina y vivirlas con verdadero propósito, astucia y soltura.

Cuando logremos comprender todo lo que implica el milagro de vivir y nos demos cuenta que la vida no es competencia, sabremos que todos somos fundamentales y exitosos en el tiempo y en el espacio al lograr no morir.

Si alcanzamos filosóficamente esta conclusión, de manera definitiva, evolucionaremos a otro nivel espiritual e intelectual humano nunca antes visto.
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